Días de Muerte.

 

Pasados los días de fulgor “Cempazúchitl” y olor a recién horneado pan de muerto. Días de poner las mesas adornadas con los gustos del difunto,  donde desfilan de la mano el tequila y el mezcal, donde se acuestan embelesadas las granadas y flanquean los tejocotes  esperando la visita del ánima <<pa’ poder echar el gustito una vez más>>

 

Y es que también quise empaparme de la algarabía que flota entre tanta huesuda catrina y coloridas ofrendas. Recordando aquel vals de Macedonio Alcalá, tan sonado en los pueblos del Sureste cuando se entrega el cuerpo de uno a su madre tierra y halla el cobijo en el calor apacible del seno eterno.

 

 

Muere el sol en los montes

con la luz que agoniza

pues la vida en su prisa

nos conduce a morir

 

Pero no importa saber

que voy a tener el mismo final

porque me queda el consuelo

que Dios nunca morirá

 

 

¡Sí! ¡La fiesta de honrar a la Muerte!

 

Algunos rinden la plegaria en dirección a un personaje, otros tantos como  una parte no exenta en el paso sempiterno del espíritu-éter, otros con el sentido dual de una “muerte viva” que imprime el sello de dolor, agonía y pesado yugo o bien su contraparte; otros muchos como un achacoso y vacuo “trick or treat”…

 

Mi Muerte no es un finito punto al que se reduce un inmediato escarnio por lo hecho en este mundo donde coexisten las dimensiones. Ella representa un período de transición progresiva hacia la Divinidad; ella es la traducción del paso del último grano de arena por el angosto cuello de reloj, no en su finiquito, sino en su reflexión, como si ése grano escapase a un todo conglomerado listo para correr de nueva cuenta. No veo a la pálida parca como un símbolo de horror, sino como el íntimo encierro de “vitriol” (Visita Interiora Terras Rectificatur Invenies Ocultum Lapidum).

 

Pienso que el anterior compositor Oaxaqueño no erró en lo mínimo. Fueron dichas letras, la adecuación del hijo de un pueblo catalogado de <<patarrajada, despreciable y sin educación>> las que evocaron consciente o inconscientemente aquel drama de la fe en el Egipto de antaño, aquella promesa trina de los dioses Osiris-Isis-Horus, de aquella consoladora  frase de un hijo pegada con grito desgarrador en el lecho de los pedazos desmembrados de su padre:

 

“Oh, tú no mueres. ¿Quién ha dicho que habías de morir? ¡Vive! ¡Tú no morirás! ¡Tú vives, tú vives! ¡Levántate! ¡Tú no pereces eternamente! ¡Tú no mueres!”

 

Drama que a la postre cautivó a los hombres antiguos, llegando a ser asido por los ilustres iniciáticos Pitagóricos y Esenios como Jesús el Cristo.  Y de éste último quien más fuerte eco posee en nuestra idiosincrasia, parécenos haber olvidado su pilar filosófico en cuanto a la Muerte. Si bien poseemos una herencia judeocristiana, así también una del tronco común mesoamericano de tiempos precolombinos, mismas que poseen similitudes. Teniendo una de las más significativas en la primera vertiente, la que el mismo “Rey de los judíos” brinda por promesa el hecho de ser coherederos de los frutos del reino y poseer una morada en las mansiones del Padre (recalco mi deslinde a cualquier fila de etiqueta religiosa) encontrándose una peculiar empatía ésta con las investigaciones de Schumacher quien afirma que para los habitantes de Mesoamérica, la vida era sólo un momento pasajero, la muerte era un despertar del sueño presente para ingresar al mundo de los muertos y de los dioses ante quienes los difuntos se presentaban según el tipo de muerte que habían sufrido. Los que morían sacrificados o en la batalla, se convertían en compañeros del sol, al igual que las mujeres que morían en el parto; los que morían ahogados iban a Tlalocan o paraíso de Tlaloc; los niños al morir eran considerados joyas, por lo cual permanecían en la casa de Tonacantecuhtli y las almas elegidas por los dioses permanecían en el Mictlán o inframundo. Para transitar sin contratiempos del mundo de los vivos al de los muertos, estos eran sepultados o cremados con sus pertenencias, comida y agua para el camino y con un perro que los acompañaba. Podemos advertir como obviedades inmediatas el caso de la muerte de los niños, a quienes el Gran Maestro calificó de herederos del cielo. No resulta fuera de órbita que los guerreros fueran compañeros del sol, y nosotros “Guerreros” en las batallas del diario vivir, alberguemos ese drama para convertirnos en compañeros de uno de los símbolos más grandiosos, mismo que se cita en el Nuevo Testamento al hablarse de las Glorias Celestiales por Saulo de Tarso.

 

Para quienes conservamos un sentimiento de creencia en la Deidad, no dejemos pasar por alto que es nuestro el legado de esperanza, no en el cliché de “un mundo mejor” ni en el paradisíaco estado en vida. Hay misterios que pueden ser develados de manera personal. Uno de ellos: la victoria sobre la muerte.

 

  

Cempazuchitl

cempazuchitl

 cempazuchitl

 

Pero el camino lo marca el cempasúchitl, frente a la casa, su color amarillo intenso es más visible para las almas que vienen de visita, estas almas que vienen de la obscuridad y los pétalos son como el oro, como la luz intensa y visible.

 

© Josías Mumenthey.

 

Fotografía.

http://www.flickr.com/photos/serchswitch/2992908467/in/photostream/

 

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