Un segundo hijo pródigo.

Hace unos días en “L’abri du pauvre” transcribí un fragmento de las cuatro nobles verdades de Buda:

 

Ver un mundo en un grano de arena

Y un cielo en una flor silvestre.

Tener el infinito en la palma de tu mano

Y la eternidad en una hora.

 

La impactante cápsula en el tiempo, aquella que en particular hallara un segundo hijo pródigo (así autodenominado), hombre sereno de mente crítica y abierto a su propia inserción en un árbol ajeno a su <<Heimat>>.

 Y es que voy a tomar enseguida mi dialecto paisano pa’  poder echar cuartiada en esta ocasión. Porque si bien lo cantó aquel guitarrista que tan profundo toca mi corazón, hay mucho maistro letrao que forra el saco con lo que otro escribió. Así también pajaritos que se entrampan solitos por presumidos; pero éste pajarito del que quiero describir su trino, al vaivén de los caminos muy grande me salió.

Dicen las lenguas del viento sureño que una tarde un gallito colorao buscando la rais de su tata, picaba y picaba entre las piedras. Ya había comido un poquito de alpiste y de mais. Mas cuando su tata caminaba por los surcos, lo veía flotar. ¿Por qué no tiene las patas como la tierra?¿y ande se refleja el agua zarca en sus ojos? se preguntaba. Fue entonces que un rato después viendo las estrellas del cielo en aquel rancho ande vivía y al sereno de la madrugada, se topó con una cajita raspada y usada. Quieto la observó con mucho cuidao sin saber pa’ lo que servía aquello, nomás alvirtió que era de un color como el añil pero ya apagao y con unos herrajes que no tenían sarro. Dentro la cajita había un papelito, que decía muy raro; era un cuento de un árbol imponente ande se condenó la vida de un hombre y a los años se resistía a dejar las ramas caer. La gente de aquel lugar mentao en el papel tuvo miedo de que fuera señal divina porque al pasar las estaciones, echaba la frondosa copa y abajo suyo la fresca sombra.

Aquel gallo guardó bien la caja y olvidándola por muchos meses, topó la entrada del verano. Allá en el Sur es ande llegan las aves corretiadas por el frío de tierras que ni él se imaginaba. Cierta mañana apareció de improvisto un pájaro grande en el patio ande el gallito cantaba; su plumaje no era como el de las chachalacas y las codornices de la región. Era uno parecido al tata, su cuerpo flotaba, nomás que ésta ave quedaba mirando las vacas y aguzaba pa’ poner atención al cercao. En una de ésas, moviendo el ala, el extraño, sigiloso poco a poco se aproximó ande el otro. –Ando buscando un cofre con la semilla que vo’a sembrar. He volao lejos cargando la rama que mi dueño me dio; él, hace mucho salió sin dejar la huella, nomás el pedazo que ya se quiere secar- le dijo. Espantao fue corriendo ande la había escondido, y ya de regreso dejándola caer en el suelo, la rodó con el piquito sucio hasta ande estaba aquel pajarón que esperaba con cierto aire de comodidad. –Nomás quiero preguntarte algo- dijo el gallito, -¿es de buena mata la rama? Pa’ que después también pueda sentarme bajo su sombra al medio día-, la respuesta que recibió fue la más certera: -ven ayúdame a que ésta tenga retoño y verás todo lo bueno que trae consigo-.

Al pájaro que vino del norte, yo podría darle el calificativo de un loco enamorado y versista por afición, mismo que lanza sus líneas a la obsidiana con pechos, en un canto que se lee así:

Hija enfriada y salvaje del fuego volcánico,
Cruzando feroz del jade creador ambiente.
Piedra redonda que chiquea ojo y mano,
Navaja tan afilada del sacrificio sangriente.
Vidrio oscuro con tenebrosos rayos,
Macahuitl decapitando a caballos.

Así pienso viendo a tu cabello oscuro,
Algunos rizos con una luz tenue serpetean
En el oro moreno del crepúsculo cansado,
Reflejos tardes de un sol cayendo hacia mictlán.
Y siento que una punta tan aguda
Había dado en la diana templada.

Sé que tus ojos negros jamás van a cumplirlos
Que la obsidiana con su oscuro lustre ofrece:
La guarda contra magia negra y amores falsos.
Ya zampaste como llegaste y mi vida me parece
Umbria por esa ilusión que me dejaste,
Una esperanza con que no concordaste.

 

Bien decía aquel iniciado magno en la primera estrofa de “Mignon”:

Kennst du das Land, wo die Zitronen blühn,
Im dunkeln Laub die Goldorangen glühn,
Ein sanfter Wind vom blauen Himmel weht,
Die Myrte still und hoch der Lorbeer steht?
Kennst du es wohl?

 

¿Conoces el país donde florece el limonero,

Y entre el follaje oscuro brilla la naranja dorada?

Desde el celeste azul se agita un suave viento,

El mirto y el laurel crecen serenos.

¿Lo conoces?

 

 

Folker Wagner Mumenthey… ¿Hijo pródigo? ¡Legítimo de toda una historia!

 

 

 

 

 

© Josías Mumenthey.

 

 

Fotografías:

© Folker Wagner Mumenthey

 

Poemas:

Obsidiana de F.W.Mumenthey

Mignon de J.W.V. Goethe

 

Sitios de interés:

http://www.folker-wagner-mummenthey.de/blog/?p=64

http://www.folker-wagner-mummenthey.de/blog/?p=32

http://mummenthey.net/

Deja un comentario

Archivado bajo Yo introspectivo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s