La hierba crece de noche.

   

Reflexión que alguna Mujer compartiera conmigo. 

   

Es cierto: la hierba -como todas las cosas grandes e importantes del mundo- crece de noche, en silencio, sin que nadie la vea crecer. Porque bondad y bien empalman con silencio, así como la estupidez va siempre acompañada del brillo y del estrépito. 

La gran peste de este mundo contemporáneo es que en él, como anuncia Kierkegaard, sólo se conceden altavoces a los necios. Cualquier cretino de turno se casa o se descasa, se pinta el pelo de verde, hace -¡oh milagro!- dos agujeros en los pantalones de las nenas, y ahí están todas las revistas del mundo para contar su prodigiosa hazaña. Pero, en cambio si usted “sólo” ama, “sólo” trabaja, “sólo” piensa y estudia, “sólo” trata de ser honesto, ya puede matarse en hacer todas estas cosas tan poco importantes, que jamás saldrá en la primera página. Cualquier criminal será más importante que usted. Y así es como los hombres de hoy estamos condenados a ver perpetuamente la realidad a través de un espejo deformante. 

Si tres mil cirujanos ponen su alma y sus nervios en aras de sus pacientes, nunca serán noticia. Pero dios libre a uno solo de ellos de equivocarse en uno de sus diagnósticos o en el manejo de sus bisturís: pronto serán los tres mil acusados de carniceros. 

Damos una importancia desmesurada al mal. Invertimos lo mejor de nuestras horas en lamentarnos de él o en combatirlo. y casi ya no nos resta tiempo para construir el bien. 

Sí, henos aquí en un mundo superinformado que informa de todo menos de lo fundamental. Henos aquí en un tiempo en que nunca sabremos si los hombres aman, esperan, trabajan y construyen,  pero en el que se nos contará con todo detalle el día en que un hombre muerda a un perro. 

Presiento que aquí está una de las claves de la amargura del hombre contemporáneo: solo vemos el mal, solo parece triunfar la estupidez. 

Esto último no es culpa de la prensa: desde que el mundo es mundo, los tontos han hecho siempre mucho ruido. Y así como cien violentos son capaces de traer en jaque a noventa millones de pacíficos, una docena de infradesarrollados son capaces de poner patas arriba todo lo que los mejores lograron construir a lo largo de siglos. 

Frente a ello nos queda la sonrisa, reírse un poco de la condición humana y de esa ancha zona de tontería que llevamos dentro de  nuestra propia alma. Sonreír, mirarse al espejo, sacarle la lengua a la tontería externa y a la interna…y seguir trabajando. 

Porque esta es la gran verdad: toda la necedad del mundo nunca será capaz de impedir que la hierba siga creciendo de noche…siempre que la hierba sea capaz de seguir creciendo callada y oscuramente, y no caiga también ella en la tentación de envidiar a los ruidosos. 

 José Luis Martín Descalzo. 

   

 

 Fotografía.

http://www.flickr.com/photos/javierpais/3022861496/sizes/o/

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