Benemérito de las Américas.

Hemos entrado ya a un nuevo mes en la marcha vulgar, uno en el que la alegría humana parece reverdecerse ante el jugueteo de la luz cenital de primavera. ¡Qué gozo sentir el calor del Astro Rey!

Así también será el no muy lejano día veintiuno, la conmemoración del Natalicio de aquel Benemérito de las Américas, figura por la que me siento empujado a lanzar esta entrada, primero por el hecho de compartir un origen campirano y humilde (convirtiéndome en un hijo de la Antigua Antequera), como por haber sido forjado académicamente en una institución que pese a su raquítica visión de laicismo, quizá nula, irónicamente posee por nombre  aquel Noble Título Humanista que le fue otorgado al Hombre Juárez. Ello me lleva a compartir una reseña leída que abofetea el curso de mi juventud, dando un peso en la red echada al agua para así poder atrapar los peces ocultos.


A manera de Prólogo.

Hace ciento veintiún años Don Guillermo Prieto, pronunciaría uno de los más bellos discursos que en torno a Juárez se hayan dicho. Un liberal del siglo XIX, hablaba de la grandeza del Benemérito de las Américas, hoy, modestamente otro liberal pretende exponer unas líneas que sirvan como presentación de ese bello discurso.

Qué lástima que el tiempo haya terminado por enterrar en la memoria de los jóvenes a los grandes hombres de la Reforma; qué lástima que las generaciones de hoy, ignorando su historia patria, hayan terminado por enterrar los logros de tan ilustres mexicanos. Quizás cobre vigencia la sentencia lapidaria que el tiempo nos confirma de que “…los hijos de los revolucionarios rara vez son revolucionarios…” como expresara alguna vez Andrés Serra Rojas y cómo pedir a las generaciones de hoy, que defiendan los triunfos jurídicos de la Reforma, cuando ignoran lo más elemental de la historia de México.

Don Guillermo Prieto, liberal destacado de la generación de la Reforma fue periodista, poeta, parlamentario, un gran hombre destacado en la literatura, reconocido como maestro por la gente de su época. Como liberal fue un hombre cuya filosofía se reflejó en una actitud tendiente a favorecer el desenvolvimiento humano eliminando todas aquellas creencias que restringían el desarrollo de los seres humanos. Si ésta era su filosofía hacia el individuo, con mayor razón su liberalismo se reflejaría para la formación de un gobierno cuya política fuera favorable a la libertad individual. El liberalismo fue la filosofía de una generación cansada del feudalismo y absolutismo mezclados, que imperaban en el país, como lo expusiera Alfonso Sierra Partida.

La actuación de los liberales durante el siglo XIX no fue sencilla, por el contrario fue una de las más difíciles de las cuales se tenga memoria; la obra máxima, que fue la Constitución de 1857, fue la bandera jurídica y de identidad que logró que el Estado Mexicano que había surgido en la Constitución del 24, se convirtiera por fin en PATRIA. Qué lejano está el tiempo en que el Constituyente del 56-57 debatiera sobre temas que harían surgir un país diferente sin ataduras oscurantistas; qué lejos quedaron las palabras del Nigromante, cuando expresaba que el hombre escudándose en el derecho divino, ha considerado a su hermano como un efecto mercantil y lo ha vendido. Sin embargo la carta fundamental referida, se enfrentó a muchos detractores, en una época, en que como hoy se repite, la política se fraguaba en los conventos. Fue en este siglo donde los liberales hicieron de su pluma espada, látigo que cayó sobre las espaldas de los déspotas, de los opresores de la libertad humana.

Cuando Comonfort fue incapaz de sostener la Constitución del 57, Juárez y los hombres de la Reforma la sostuvieron en un episodio doloroso contra los conservadores y la iglesia que se lanzaron en contra de la constitución, ya que afectaba sus intereses económicos y de poder.

El siglo XIX, fue sin duda el siglo de los hombres más preclaros de nuestra historia, fueron ríos de sangre los que corrieron para darnos libertad, para arrebatarle al clero y al ejército sus privilegios. Vergüenza debe darnos en este siglo XXI que hubo liberales cuyo silencio cómplice avaló la reforma constitucional que le devolvió al clero sus privilegios; que los liberales de hoy han permanecido mudos ante la inminente entrega de la fuerza y el poder al ejército. Que existan liberales moderados, que olvidaron que en el siglo XIX, fueron los moderados los que más daño hicieron al país; que vivimos en el retorno de muchos acontecimientos, y que como ayer, habemos liberales dispuestos a luchar y a combatir a los reaccionarios, aunque tengamos que abrirnos paso entre los propios hermanos de ideología liberal, para ellos teórica. Cierto es que no podemos exaltar el pasado y hacerlo inamovible, pero tampoco podemos olvidar que el porvenir del país requiere de pensamiento político íntegro, filosófico y de valores, basados en nuestra filosofía que llevó al país a un desarrollo, y del cual, hoy enfrentamos un gran retroceso.

Los conservadores odian las libertades, por ello hoy, para que el pueblo no se rebele invocan la tolerancia para garantizar que el clero haga política, es protegida por la policía federal la catedral metropolitana; para justificar la represión, el ejército aparentemente lucha contra el narcotráfico y se viola nuestra garantía de tránsito.

Lejos está la generación que representó la síntesis de las principales instituciones que quedaron consagradas en la constitución del 57 y las leyes de Reforma; quizás debamos volver a los orígenes para crear una nueva conciencia nacional, quizás debamos retornar a la literatura a través de la novela o la poesía como lo hicieron Ignacio Ramírez, Altamirano o Guillermo Prieto, quizás el retorno al periodismo comprometido con las causas sociales y no con los intereses económicos de los grupos del poder sean la semilla que deba hacer germinar nuevamente la conciencia nacional, quizás sean hombres íntegros comprometidos con la patria y no con los intereses partidistas y económicos los que deban llegar a las cámaras que legislen a favor del pueblo, pero mientras los hombres no respondan a estos principios básicos, estaremos enfrentándonos todos los días a los apátridas que ven en el poder el botín temporal de enriquecimiento, y mientras esto continúe, no podremos creer ni en legisladores, ni en un poder ejecutivo y menos aun y esto resulta preocupante, en un poder judicial que debiera defender las leyes y que hoy en día sirve a los intereses de las oligarquías plutocráticas.

Pese a mis grandes deseos de que surjan los nuevos Hombres de las Reforma acordes al siglo XXI, estoy seguro que no se repetirá en la Historia de México episodio al menos parecido al que vivimos en el siglo XIX, con hombres de talento, de principios, de valores que abracen sin intereses personales   las causas justas producto de las revoluciones. Los principios constitucionales que nos dieron vida como Estado tales como la Soberanía, el Federalismo y la auténtica separación de poderes pasarán a formar parte de la historia, mientras los conservadores, los reaccionarios, los enemigos de la libertad continúen en el poder.

Guillermo Prieto, nos hizo vibrar con su discurso, y nos hizo recordar el por qué de la gloria de un gran hombre: JUÁREZ. Ojalá logremos rescatar para las nuevas generaciones, no solo la memoria de los grandes patriotas, sino sus obras, y así, cuando en un día como hoy, se tenga que hacer un alto para conmemorar un año más de ausencia de los héroes, coincidiremos con Sierra Partida en que “…la muerte es la vida misma. Y solo los muertos pueden vivir eternamente.”


Lic. Carlos De la Rosa Jiménez

México, D.F., Julio de 2008.


EN NOMBRE DE LOS QUE ACOMPAÑARON A JUÁREZ HASTA PASO DEL NORTE*


A los destemplados alaridos de la calumnia, a las emponzoñadas diatribas del odio, a las profanaciones sacrílegas contra esa tumba y esas cenizas que santifican el nombre esclarecido de Juárez, contesta hoy el pueblo mexicano en masa, engalanando a la muerte con los arreos de la gloria, y prorrumpiendo en el Te Deum triunfal de su victoriosa inmortalidad.

Esto hace patente, que para México, Juárez, más que un hombre es un símbolo; más que una individualidad, un vínculo; más que una memoria, la bandera de los hombres libres que proclaman independencia y patria.

La fe en la patria, la inquebrantable aspiración a su progreso, el olvido del interés personal por el bien público; ésa es la genuina representación de Juárez, y por eso, no los sabios ni las clases privilegiadas; no los cortesanos del poder y la fortuna sino el pueblo menesteroso y doliente, se lo apropia, lo bendice, y ensalza como a un bienhechor y como a un padre.

De una masa anónima de seres infelices, de bárbaros, de esclavos, de desechos sociales, de hilachas semienterradas en la degradación, Juárez quiso hacer un pueblo y enseñó el camino, derramando sobre ese hacinamiento de miserias, el soplo vivificador del derecho y la luz indeficiente de su reivindicación.

En ese alfolí de indignidades, estaba el soldado, máquina, materia prima de todas las tiranías, el siervo del terruño, origen de la riqueza, lo propio que el agio de muchos de nuestros nobles, los fanáticos, erario fecundo de la desvergonzada simonía; y del fermento de esas impurezas, flotaban el derecho divino, el privilegio, la faena, la tortura, el secuestro del pensamiento y la implacable estrangulación de la conciencia.

En vano las tempestades de la redentora revolución francesa, habían derramado el polen de los derechos del hombre, en las eléctricas corrientes de la razón por todos los ángulos de la tierra; en vano desde lo alto de los patíbulos, los mártires de la libertad, con sus labios trémulos y levantando sus manos encadenadas, corrían de pueblo en pueblo la palabra de la reivindicación, México, aun independiente, apenas pudo lograr que sus hijos eminentes dejaran mal trazadas las etapas de su regeneración fundamental.

Realizar, hacer efectivo y tangible ese ideal de libertad que integra al hombre a su ser casi divino; ese sueño de igualdad que ensalza el trabajo, el talento y las sólidas virtudes; esa justicia que distingue a Dios del fariseo que lo vuelve su maniquí, al soldado del verdugo, al prócer del farsante, realizar, debemos esa grande obra, a Juárez estaba reservado, y Juárez la quiso y la supo consumar inflexible, con fe sublime y con esfuerzo titánico.

Y sean cuales fueren los defectos de su personalidad, y encarnezcase cuanto se quiera el rencor hincado su diente en su memoria nacerá y se renovará inextinguible el amor a Juárez, mientras quede un átomo de dignidad en las almas y una sola gota de sangre en el corazón de los verdaderos patriotas.

Así pues, para que triunfe la detractación a Juárez, se tiene que probar que la libertad es el mal, que el asesinato, con tal que se le ciña una banda, es el heroísmo; que el robo, con tal que lo perpetre un forajido vestido de negro a la cabecera de un moribundo o en un templo, es adquisición legítima, que el plagio con tal que se le cambie el nombre, es el bien, que el embrollo es recurso judicial; que el abandono y la crueldad con el niño, se santifican si el sacerdocio los solapa; o si asoma a esa cuna inocente la herejía; que los patíbulos que levanta la conveniencia privada son saludables a los pueblos; que el perjurio es habilidad política; y que la traición hace del vendedor de Jesucristo un modelo que debe incensar la humanidad. Mientras que todo esto no se pruebe, Juárez y su obra, la Reforma, serán el tesoro de los hombres libres, el lábaro del pueblo, su guía y su esperanza de salvación.

Algunos ilusos, parapetándose con el fanatismo, sonríen al futuro triunfo de la impostura, aventuran provocaciones que explotan como mercancías… y se avanzan ¡estúpidos! hasta fingir que perciben en lontananza la complicidad del jefe del Estado… sin recordad que éste nació en el pueblo, que combatiendo su legítima independencia, recibió de su mano esos títulos de legítima gloria, y que sabe bien que cuando las olas de la opinión se alejan del poder, no dejan a su alrededor senderos de flores, sino insondables abismos.

Fijémonos en Juárez: él es como un cartabón que sirve para evidenciar la talla ridícula de los falsos amigos del pueblo; es como piedra de toque que descubre la liga impura de los arbitristas del poder, y con el poder, es un reactivo que denuncia el veneno del filtro emponzoñado de la política contemporizadora. Juárez es un espejo en que se retratan deformes, desnudos y despreciables, muchos de los que aspiran a imponer al pueblo, como títulos de superioridad, su cinismo y su bambolla, ¿Cómo pretendemos que toda esa gente profese culto a la memoria de Juárez?

¡Feliz mil veces yo que contemplé de cerca su grandeza y me bañé con los rayos de sus altas concepciones!

¡Feliz mil veces yo que puedo y esto en aptitud para confusión de sus enemigos, de dar cuenta al mundo del último centavo de los que compusieron su modesta fortuna!

Cuando los horizontes se cerraban con las tinieblas de la desesperación, cuando caían a nuestro paso los hombres sedientos y los soldados aniquilados por la fatiga… cuando la llama del patriotismo se arrastraba moribunda sobre las cenizas que por donde quiera dejaban las traiciones… una palabra de Juárez y su ejemplo, iluminaban nuevos horizontes y nos transportaba a los vergeles de México, reverberando con el sol de la reivindicación de nuestros derechos.

Juárez, en su peregrinación, nunca llevó un pan a su labio, sin participarlo con el último soldado, y atravesaba a pie el desierto para guiarnos con su paso desembarazado y alegre.

Tendía su mano para recibir el préstamo que le asignada la miseria, como el último de sus subordinados.

En el poder sabía como ninguno retractarse de sus errores; en medio de su enojo, se le podía decir: “no tienes razón”, y volvía las riendas de sus ímpetus para acatar sumiso la ley y la justicia. En los grandes conflictos de la nacionalidad, donde se mentaba el nombre de Juárez, se aparecía la patria…

¡Estos recuerdos, señor, forman la corona del pobre, humildísima, que te ofrecemos tus compañeros de Paso del Norte; acéptala, señor, mira que te la presentan los tuyos; que bese tu ropaje de mármol, que te engalane; mira que lleva el calor de nuestros corazones y que la perfuma el incienso de nuestra ternura!

Pueblo de Juárez, ámalo; ámalo y sigue sus huellas, porque él simboliza tus santos derechos y tu idolatrada independencia.


Guillermo Prieto

18 de julio de 1887


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